Los robots pueden colocar átomos con precisión submicrónica, pero nada supera el toque humano cuando se trata de manejar tejido neural vivo. Las neuronas crecen proyecciones largas y delicadas diseñadas para entrelazarse en la densa estructura de un cerebro. En un plato de laboratorio, carecen de ese andamiaje estructural, lo que las hace increíblemente vulnerables al estrés por cizallamiento del fluido.